No, no siempre hubo paz en mi vida,
al contrario, todo era guerra,
es por ello que bebía, y bebía
para apaciguar mi mente enferma.
En aquellos días
puede que estuviera vacía la nevera,
pero nunca faltaba la bebida,
una tras otra caían las botellas…
(No es algo de lo que me sienta orgulloso,
pero no me arrepiento tampoco,
gracias a haber cometido tal error
hoy en día no soporto el alcohol).
Y en mi busca de paz
conseguí empeorar,
generé una necesidad
de la que no podía escapar.
Batalla tras batalla
la guerra se acrecentaba,
vivía, sin vivir,
en una lucha hasta morir.
Sin comer, sin dormir,
mi cabeza giraba como una noria,
pero, aun así, no me rendí,
era el momento de alcanzar gloria…
Las cabezas rodaban,
el enemigo avanzaba
cada vez con más fiereza,
la pugna se volvía cruenta.
Un golpe, otro golpe, y golpe tras golpe
mi espada acabó partiendo en dos,
mas aquello ni mucho menos me amilanó,
en cólera, por inercia, soltaba mandobles.
Maltrecho, sin fuerzas, parecía segura la derrota,
pero mantenía el pulso a pesar de mi miseria,
hasta que, al final, logré hundir mi espada rota
en el corazón de la bestia.
Qué obra más necia,
me equivoqué,
en un grito sordo estallé,
yo era la bestia…
De tal dolor me inundó este horror
que dejé de distinguir entre luna y sol,
y acabé sumido en un sueño de locura
del que no he despertado nunca.
Todavía siento mi cabeza apoyada
en la pared de la habitación acolchada,
recitando versos en lenguas perdidas,
sin memoria, sin dolor, sin salida.
La privación de libertad es algo terrible,
cierto es que ahora hay paz, y soy libre,
pero la química que me contiene, me encierra
en una extraña prisión, sin barrotes ni rejas.
Puede que la situación no sea agradable,
pero pudo ser peor, mi corazón aun late,
así que agradezco el simple hecho de vivir
y la paz que, al fin y al cabo, conseguí.

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