La infancia, más bien el horror,
la adolescencia, todavía peor,
de adulto, la vida se fastidió,
prefiero no pensar en la vejez…
Siento que me consumo,
despacio,
como un cigarrillo
olvidado en el cenicero;
quizá por descuido
mal colocado,
me desequilibro
y, a cámara lenta,
voy cayendo,
cayendo,
hasta que una vieja alfombra
amollece mi caída,
entonces empiezo a calentarme,
hasta que prendo fuego,
al fin, llegó la hora de arder,
en llamas devorarlo todo,
como el tiempo,
que no es más que un lobo hambriento,
salvo que yo también lo devoro,
ceniza sobre ceniza,
una y otra vez,
ceniza sobre ceniza,
y así renacer…
Mientras, sin coraza
ni armamento ninguno,
tan sólo con la palabra,
camino por el mundo.

Deja un comentario