Lejos de aquí,
donde morir es vivir,
donde no hay destino
ni camino.
Ya no quiero nada,
tan solo enfundar la espada,
qué pereza
volver a la guerra,
mi demonio
quedó en el manicomio
y ya hace mucho de eso,
de todo aquello…
Miré a sus ojos
brillantes como oro,
su rostro perlado,
pronto demacrado,
su figura,
en mi mente se dibuja
su falda de bailarina,
su danza de margarita…
¡Déjalo!
Grita mientras arranco sus pétalos…
Despierto,
como si me faltara el aire,
como si se me fuera la vida.
Como si llorar y reír fueran lo mismo,
como si ya hubiera estado en todas partes…
Ver el futuro,
condenado al fracaso
igual que tú,
en esta oscura tormenta,
donde ni los rayos alumbran,
me desnudo
y dejo que los lobos me devoren.

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