Desperté, o no dormía,
al respirar los versos se escapaban del alma,
desgarrada,
tantas heridas…
Y ahora, cual abejorro, emprendo el vuelo,
contra todo viento,
en busca de una flor donde aposentarme
y en su dulzura acurrucarme.

Desperté, o no dormía,
al respirar los versos se escapaban del alma,
desgarrada,
tantas heridas…
Y ahora, cual abejorro, emprendo el vuelo,
contra todo viento,
en busca de una flor donde aposentarme
y en su dulzura acurrucarme.
Puede que lo parezca,
que sin rumbo camino,
pero no estoy perdido,
miro a las estrellas
y veo tu sonrisa entre ellas,
sí, aunque no lo creas,
en ese inmenso cielo, la veo,
y eso, me llena de consuelo.
Desperté,
mirando la pared,
sin saber muy bien por qué…
Y te olvidé,
como si hubiese olvidado mi propio ser.
Desanduve el camino,
tal cual si fuera mi destino
una escalera al infinito,
nunca fue lo mismo.
Desde aquel entonces,
en un movimiento de enroque,
recito para dentro
mis mejores versos,
hasta caer en un profundo sueño,
en el que al fin te beso.
No todo es verso,
o sí,
el deseo de vivir,
despertar a cada momento
con la boca llena de mariposas,
con la lengua rota
y ese único deseo,
vivir, de joven, de viejo,
con ansia
que nada sacia,
salvo el propio verso.
Intenté,
más de una vez,
escuchar el canto de la luna,
una esperanza absurda,
pero esta noche,
cuando la musa me roce
y sienta el poder de la voz,
cuando el verso grite
y el tiempo me olvide,
seré yo la canción.
Cuando se van las luces
soy yo el que sufre,
la flor que pisa el transeúnte
en su tardío paseo,
quedo en el suelo,
ni vivo ni muerto,
en un extraño estado,
como de letargo,
esperando,
esperando un alma caritativa
que recoja mi semilla
y me devuelva a la vida.
Allá, a lo lejos,
sin ningún propósito,
batallan las nubes en el cielo
como seres mitológicos,
mas no ha de importarme
el hecho de que vaya a mojarme,
como tampoco me importa
que la luz se esconda,
tarde o temprano saldrá el sol
y olvidaré esta senda de dolor.
En la calle de la soledad
viven pobres en la acera,
hay músicos que intentan escapar,
algunos van a la carrera
sin saber cuándo acabarán,
sin saber a dónde llevará,
la calle de la soledad.
Mires donde mires todo es igual,
si te quedas un rato
oirás gente gritando
sin saber de qué están hablando,
amigo,
¿vienes conmigo?
A la calle de la soledad.
Violinistas en el tejado
agitan el arco,
blancas y negras,
confusas y difusas
se desmelenan
en la noche oscura
las notas del piano
que suena a mi lado,
y guitarra en mano le acompaño,
improvisando…
Innovando…
Sí amigo,
en la calle de la soledad.
Gira la noria
chirriando su historia,
incesante…
Implacable…
Jóvenes y viejos
escuchan atentos,
esperando los sueños
que arrastran los vientos
de la calle de la soledad.
Cuánto más tardará
el cantante en cantar,
el músico en tocar
aquesta canción
que crece en el interior,
que nace en el corazón,
cuánto más…
Amigo vente conmigo,
pero no iremos a pasear,
vamos a tocar,
vamos a cantar,
por la calle de la soledad.
El viento no muestra clemencia
y deja el frío de tu ausencia,
no hay luz ni claridad,
solamente oscuridad,
en esta noche insomne,
en la que el verso grita a voces,
tanto, que creo que me rompo,
realmente, me recompongo
gracias a tu recuerdo,
mi único alimento.
En ocasiones, más bien pocas,
el poema está ahí, sin más,
esperando que alguien lo recoja
y lo haga realidad,
es por ello que no me preocupo
si caigo en mi pozo más profundo,
aunque me asusto
y hasta el fondo me hundo,
siempre resurjo
con la boca llena de versos puros,
los mastico y los escupo,
pues nunca fueron de mi gusto,
aun así, su esencia inunda mi paladar,
tanto, que parece que ahoga,
pero lo cierto es que me llena de paz
y vuelo en el viento como una hoja.