Nunca os lo conté;
me lancé, tantas veces, al vacío,
para aprender a caer,
que no sé cómo sigo vivo…
Una voz, cuando el cielo truena,
retumba en mi cabeza:
«Si de verdad crees en Mí,
¿por qué tratas de huir?»
Y siento miedo,
enmudezco,
como aquel profeta
al que Dios la lengua le despega,
para transmitir su mandato
a quien quiera escucharlo.
No vale de mucho el conocimiento,
pero la ignorancia, vale aún menos.
Sigo con mi desarraigo,
una y otra vez, caigo,
de pies, como los gatos,
aprendí de lanzarme tanto,
así pues, nunca tengo que levantarme,
y aunque algunas veces tropiece, o incluso resbale,
siempre mantengo el equilibrio
y permanezco en mi sitio.

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